
El fútbol tiene mil formas de doler, pero ninguna tan dulce y conmovedora como la tristeza silenciosa de un niño que lo dio todo en una cancha y no logró una victoria.
Desde hace unos días se juega el Torneo MADCUP en Madrid. Para quienes no están muy relacionados con el tema, estamos hablando del Torneo de fútbol base más grande del mundo, un evento masivo que reúne alrededor 800 equipos y más de 14 000 jugadores. Digamos que, de este semillero, pueden salir algunas de las estrellas del futuro.
Saber que viene gente de mi ciudad a Madrid siempre es una caricia al alma. Entre tantas naciones, idiomas y acentos distintos, reconocer a alguien de Mérida es como reencontrarte con un pedacito de casa. Es sentir que hay raíces que siguen creciendo, aunque estés lejos.
Como no podía ser de otra forma, la Cantera de Venados, como cada año, ha estado en Madrid para disputar la MADCUP. Conforme fueron pasando los días, fui recibiendo mensajes de amigos que estaban aquí viendo jugar a sus hijos y, de muchos otros, que no habían podido venir, pero que estaban muy pendientes de lo que pasaba en este lado del océano.
Una de mis primas más cercanas también había mandado a Diego, su hijo. Un adolescente que como muchos otros vive y respira fútbol por todos los poros del cuerpo.
Me acerqué a la Residencia donde se hospedan para saludarlos y recibí un beso y unas buenas noches de cada uno de los niños que me fui encontrando. Inmediatamente recordé la última vez que, subiendo el ascensor a mi piso, mi vecina no contestó a mis buenos días.
No quiero exagerar, pero después de estar a punto de cumplir 10 años viviendo fuera, puedo decirles con total seguridad que es muy difícil que te encuentres en el mundo a alguien como los yucatecos. Creo que los padres tienen que estar orgullosos de la bonita educación que les dan sus hijos. Hay algo en cómo caminan, cómo hablan, cómo abrazan… que me recuerda que, en casa, crecemos distintos. Más amables, más generosos, más humanos.
Diego ya había metido dos goles en el Torneo, pero justo ayer cuando me senté en esa grada para disfrutar ver a once niños de Yucatán jugando al fútbol, perdieron 2-1. Los disfruté y me emocioné igual. Y aunque en la vida no se puede ganar siempre, la tristeza para estos chicos era inmensa.
Me conmovió su gesto, sus lágrimas contenidas. Me conmovieron las palabras de su mamá, el esfuerzo enorme que hacen tantas familias para que sus hijos puedan vivir experiencias únicas para estar aquí, en el campo, defendiendo con orgullo una camiseta.
Lo que viví ayer fue un recordatorio de todo lo que hay detrás de cada niño que juega: amor, disciplina, sacrificio, ilusión. Y también una lección: el verdadero triunfo no siempre está en el marcador, a veces está en la nobleza con la que se lucha y en el corazón con el que se juega. Y en eso, Diego y todos los jugadores de Yucatán ya ganaron.
Quiero aprovechar estas líneas para felicitar a la Cantera de Venados, a su Presidente, que con su lucha por tantos años sigue haciéndonos soñar, a los entrenadores, cuerpo técnico y a todas esas familias que, sin hacer ruido, sostienen los sueños de sus hijos.
Este torneo no es solo fútbol. Es una historia que empieza mucho antes del silbatazo inicial y que deja huella mucho después del último gol. A veces, como ayer, uno se sienta en una grada a ver un partido… y lo que más conmueve no es la pelota rodando, sino lo que representa: el sueño que cruzó un océano, las ilusiones creadas desde casa, el orgullo de ver a un niño yucateco dejarlo todo en la cancha. Y, entonces, en una cancha cualquiera, a las afueras de Madrid, simplemente… sientes bonito.

Dejar un comentario