WhatsApp Image 2025-06-25 at 18.08.17

La Cantera de Venados aterrizó en Madrid

El fútbol tiene mil formas de doler, pero ninguna tan dulce y conmovedora como la tristeza silenciosa de un niño que lo dio todo en una cancha y no logró una victoria.

Desde hace unos días se juega el Torneo MADCUP en Madrid. Para quienes no están muy relacionados con el tema, estamos hablando del Torneo de fútbol base más grande del mundo, un evento masivo que reúne alrededor 800 equipos y más de 14 000 jugadores. Digamos que, de este semillero, pueden salir algunas de las estrellas del futuro.

Saber que viene gente de mi ciudad a Madrid siempre es una caricia al alma. Entre tantas naciones, idiomas y acentos distintos, reconocer a alguien de Mérida es como reencontrarte con un pedacito de casa. Es sentir que hay raíces que siguen creciendo, aunque estés lejos.

Como no podía ser de otra forma, la Cantera de Venados, como cada año, ha estado en Madrid para disputar la MADCUP. Conforme fueron pasando los días, fui recibiendo mensajes de amigos que estaban aquí viendo jugar a sus hijos y, de muchos otros, que no habían podido venir, pero que estaban muy pendientes de lo que pasaba en este lado del océano.

Una de mis primas más cercanas también había mandado a Diego, su hijo. Un adolescente que como muchos otros vive y respira fútbol por todos los poros del cuerpo.

Me acerqué a la Residencia donde se hospedan para saludarlos y recibí un beso y unas buenas noches de cada uno de los niños que me fui encontrando. Inmediatamente recordé la última vez que, subiendo el ascensor a mi piso, mi vecina no contestó a mis buenos días.

No quiero exagerar, pero después de estar a punto de cumplir 10 años viviendo fuera, puedo decirles con total seguridad que es muy difícil que te encuentres en el mundo a alguien como los yucatecos. Creo que los padres tienen que estar orgullosos de la bonita educación que les dan sus hijos. Hay algo en cómo caminan, cómo hablan, cómo abrazan… que me recuerda que, en casa, crecemos distintos. Más amables, más generosos, más humanos.  

Diego ya había metido dos goles en el Torneo, pero justo ayer cuando me senté en esa grada para disfrutar ver a once niños de Yucatán jugando al fútbol, perdieron 2-1. Los disfruté y me emocioné igual.  Y aunque en la vida no se puede ganar siempre, la tristeza para estos chicos era inmensa.

Me conmovió su gesto, sus lágrimas contenidas. Me conmovieron las palabras de su mamá, el esfuerzo enorme que hacen tantas familias para que sus hijos puedan vivir experiencias únicas para estar aquí, en el campo, defendiendo con orgullo una camiseta.

Lo que viví ayer fue un recordatorio de todo lo que hay detrás de cada niño que juega: amor, disciplina, sacrificio, ilusión. Y también una lección: el verdadero triunfo no siempre está en el marcador, a veces está en la nobleza con la que se lucha y en el corazón con el que se juega. Y en eso, Diego y todos los jugadores de Yucatán ya ganaron.

Quiero aprovechar estas líneas para felicitar a la Cantera de Venados, a su Presidente, que con su lucha por tantos años sigue haciéndonos soñar, a los entrenadores, cuerpo técnico y a todas esas familias que, sin hacer ruido, sostienen los sueños de sus hijos.

Este torneo no es solo fútbol. Es una historia que empieza mucho antes del silbatazo inicial y que deja huella mucho después del último gol. A veces, como ayer, uno se sienta en una grada a ver un partido… y lo que más conmueve no es la pelota rodando, sino lo que representa: el sueño que cruzó un océano, las ilusiones creadas desde casa, el orgullo de ver a un niño yucateco dejarlo todo en la cancha. Y, entonces, en una cancha cualquiera, a las afueras de Madrid, simplemente… sientes bonito.

611491A4-6C9C-4B6C-B72E-67FDC483DA02

El lugar que me devuelve la vida

Si tuviera que hacer un resumen de mis años en España, el 2020 sería, tal vez, el más importante. El de la culminación de un largo maratón para la ansiada nacionalidad. Cinco largos años, de trámites, demandas y pago de tasas para tener un nuevo pasaporte, ahora, uno de color rojo. Uno diferente al mío, que me permita nunca más regresar a las oficinas de extranjería, donde me dejé lágrimas y media vida. Como dicen en España ¡Ha sido todo un parto!


Viajé a Mérida en estos días por motivos familiares, en una de esas escapadas express que aunque te recargan de energía, siempre te hacen falta más horas con la gente que amas. Y, cada vez se me va haciendo costumbre regresar a los lugares donde por tanto tiempo he sido feliz. Mi primera parada obligada siempre es el Salvador Alvarado. Disfruté correr mis 5 kms diarios en una remodelada pista y en un estadio que cada día encuentro más bonito. 


Por supuesto que visité el Gimnasio Polifuncional. Ahí está parte de mi sudor y de mi esfuerzo cuando practiqué por tantos años Gimnasia Rítmica. Estoy segura que ese deporte me dio la resistencia necesaria para afrontar los problemas de la vida. Me visualicé lanzando pelotas y cuerdas por los aires una vez más. Abracé con fuerza a Rocío, la secretaría, mientras me venían a la mente infinitos recuerdos de mi niñez siendo deportista. 


Como cada vez que vuelvo a Mérida, fui al Iturralde a ver a mis Venados y saludé a cada uno de mis compañeros de la prensa, con los que compartí algo más que deporte y los que siempre me han motivado a seguir cumpliendo metas lejos de casa. No importa cuantos estadios haya visitado en estos años, ni los grandes futbolistas que he tenido la oportunidad de ver jugar, la ilusión por el ascenso de mi equipo la mantengo intacta. 

Un amigo yucateco me preguntó qué tan española me siento después de casi cinco años viviendo en Madrid. Mi respuesta fue -10. Por el contrario, vivir en otro país me ha hecho sentirme cada día más mexicana.

Sin duda, España me ha dado más de lo que pude imaginar y aunque mi agradecimiento es infinito, sigo creyendo que es una tierra que no me pertenece, a la que le debo mucho, pero que no es la mía. 

Parece un poco fuera de la realidad, pero estar unos días en Mérida y luego volver a España es cada vez más difícil. Se puede pensar que con el paso de los años se añora menos, pero es todo lo contrario. Conforme más pasa el tiempo, estar lejos de casa duele más.


Y aquí voy una vez más de regreso, repleta de voluntad, con ganas de entrevistar a gente más importante cada vez y con una inmensa emoción por contar historias que toquen cada válvula de sus corazones. ¿Cuál es el precio de los sueños? Me lo sigo preguntando todos los días. Mi cuerpo regresa una vez más a Madrid aunque el alma y la mente se me queden anclados en el único lugar que me devuelve la vida, mi Mérida.