
No hay un deportista en el mundo que no sueñe con algún día estar en unos Juegos Olímpicos y en un par de días, el recuerdo de esa niña gimnasta que fui, cumplirá ese bonito sueño de estar dentro de un gimnasio viviendo estas Olimpiadas de París 2024.
Puedo contarles muchas historias, pero hoy quiero usar estas líneas para recordar y hablar del deporte que comí, bebí, sufrí y disfruté durante muchos años y de todas esas hermosas mujeres que lo compartieron conmigo y que han hecho grande la gimnasia rítmica mexicana.
Siempre he dicho que no hay que restarle mérito al hecho de patear una pelota, pero si el mundo se sentara al menos un día a ver un entrenamiento de rítmica, entendería la complejidad, el desgaste y lo injusto que muchas veces es nuestro deporte.
Hace muchos años que vivo fuera de casa y que estoy alejada de la Gimnasia Rítmica pero el amor por esta disciplina no se muere nunca, por el contrario, te acerca a lo que un día fuiste o más aún a lo que siempre has sido. Ahora estoy convencida de que si naces gimnasta te mueres gimnasta.
Hoy puedo asegurarles que ha habido muchas gimnastas yucatecas que se la pasaron picando piedra, que sacrificaron mucho, que dejaron horas de su vida por estar metidas dentro de esas cuatro paredes con techos altos pero que, al mismo tiempo, hoy se podrán dar cuenta que todo era mágico mientras pasaban horas y horas con sus compañeras que se volvieron hermanas lanzando aros, cuerdas, clavas y que al mismo tiempo estaban creando recuerdos maravillosos.
Hoy, estoy convencida de que las niñas que han pasado por cada uno de los gimnasios de Yucatán han hecho este deporte grande, pero más grande lo han hecho esas mujeres que también sacrificaron a sus familias por pasar horas en un gimnasio, las que citaron a las gimnastas un domingo para terminar una rutina, aquellas que diseñaron un traje de competencia, le pegaron piedras de swarovski, pelearon por alguna injusticia en la calificación de su niña durante alguna competencia, o lloraron de la impotencia cuando su alumna, después de darlo todo, entrenar hasta el cansancio y ser la más disciplinada falló al final del ejercicio.
Hoy quiero recordar a esas mujeres que se sintieron orgullosas porque a sus alumnas las llamaran las Reinas del Mayab, esas mujeres que lucharon por mantener ese título y esas mismas mujeres que sufrieron cuando otro estado de la República Mexicana nos quitó ese sitio, que por justicia histórica nos perteneció siempre.
Es verdad, estas entrenadoras, que son las verdaderas joyas de la corona en Yucatán, no siempre fueron mejores amigas, de hecho, y se lo atribuyo a tanta feromona junta, fueron protagonistas de las más grandes disputas deportivas que mis ojos pidieron ver: gritaban, levantaban la voz, azotaban puertas, peleaban porque a una le daban más que a la otra, buscaban superarse unas a otras y esa hermosa competencia fue la que cada día, sin ellas darse cuenta, fue haciéndolas mejores.
¿Tengo que decirles quiénes son?… Seguramente que si amas la gimnasia rítmica tanto como yo sepas de quienes te hablo.
Las gimnastas mexicanas, ya no solamente veremos las competencias de gimnasia de Olimpiadas por la televisión soñando con algún día estar ahí. El viernes 9 de agosto, a las 10 de la mañana Arena Le Chapelle de París, cuando el Conjunto Nacional de Gimnasia Rítmica conformado por las yucatecas Dalia Alcocer, Adirém Tejeda, Julia Gutiérrez, Kimberly Salazar y Sofía Flores pisen la alfombra de los Juegos Olímpicos, todos podremos levantar el pecho, aplaudir con ilusión, agitar la bandera de México con fuerza, y contener la respiración durante 150 segundos para después estallar de emoción cuando las veamos saludar a las gradas.
Esto va por todas ustedes, las de antes, las de ahora, las que vendrán. Por todas aquellas pequeñitas que, viendo por la televisión a estas cinco guerreras, se enamorarán de la Gimnasia y, por todas aquellas nuevas integrantes a nuestra estirpe.
No tengo ninguna duda, éste es el mejor deporte del mundo, ésta es la familia a la que pertenezco, de la que nunca me fui y de la que me siento tremendamente orgullosa de formar parte.
¡Viva la Gimnasia Rítmica de Yucatán! …. ¡Viva!
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